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    Saludos, Javier.
    No te preocupes porque haya pocos mensajes en el foro Caldron. Justamente, uno de los aspectos más válidos de René Guénon es su denuncia del reino de la cantidad como signo del fin de los tiempos. La metafísica trasciende al círculo vicioso de las reencarnaciones justamente porque no desperdicia el pensamiento con incontables cotilleos. En la metafísica no hay guerra de audiencias, ni obsesión por los votos. Y el silencio es también una forma de expresión. Lo que vale, en la metafísica, es decir cómo es en realidad el ser. No es el reino de la cantidad (muchos mensajes) sino el reino de la calidad, del espíritu.
    Las naciones son un hecho empírico innegable, relativo pero real en su relatividad. España es un Estado pero no una nación. Galicia es una nación regida por dos Estados (España y Portugal). Busco la abolición de todos los Estados y la relativización de todas las naciones. Soy antiestatalista y rechazo eso que se suele llamar nacionalismo, reconociendo por otra parte que el hombre concreto siempre es de algún lugar, aunque no está atado a ningún lugar.
    Vamos con el fascismo de René Guénon. Sus invectivas contra el que disiente de la Tradición (la Tradición según René Guénon) son incontables, igual que sus afirmaciones de que los representantes de la Tradición tienen derecho a silenciar por todos los medios al disidente corruptor. Te remito, por ejemplo, a su correspondencia polémica con el Julius Evola del primer período, a su descripción de las doctrinas hindúes o a sus diatribas contra la Sociedad Teosófica. La furia de René Guénon contra el libre examen, contra el derecho del individuo a examinar, criticar y negar las ideas recibidas de su entorno, está fuera de duda. Guénon, igual que Nietzsche, ha sido y es utilizado por la derecha socioeconómica, mientras que la izquierda ha huido de él (pero no de Nietzsche, pese a los aspectos involucionistas de Nietzsche).
    La clave del totalitarismo represor en René Guénon se encuentra en la contradicción básica entre su modélica exposición metafísica y su manía por ponerle puertas iniciáticas al Ser. Para Guénon, la iniciación pasa necesariamente por la afiliación a una organización iniciática seria, lo que lo lleva a indagar sobre qué organizaciones así quedan en Occidente. Concluye, por su cara bonita, que solamente quedan la masonería y la Iglesia Católica. O sea, que fuera de ellas no hay liberación metafísica. Todo esto se da de tortas con su propia exposición de entrada: Dios como la Posibilidad Universal no condicionada de ningún modo. Esa posibilidad universal no se liga necesariamente a ninguna de las incontables sectas y capillitas con las que coqueteó y trabajó René Guénon, hasta recalar finalmente en las taricas magrebíes (de una gran intensidad espiritual, ciertamente). Si a Dios solamente se pudiera acceder por medio de una organización con su fundador, sus sacramentos, su lengua sagrada, sus ritos iniciáticos, sus profetas y demás, Dios no sería Dios; sería un pelele. La contradicción es tan aguda que el propio Guénon se da cuenta de ella en algún momento y concede fugazmente la posibilidad de la "iniciación vertical" no ligada al ingreso en una organización esotérica como ésas por las que se pirraba René Guénon.
    Para mí no hay mucho más en el caso René Guénon. Descontado su clericalismo huero, quedan sus exposiciones metafísicas, que es lo que vale (y mucho) en su obra. Prefiero cómo expone estas materias Julius Evola, en general.
    Lo que se ventila aquí, de fondo, es la posición respecto a la mediación espiritual. René Guénon cae en el clericalismo burdo y finalmente en el totalitarismo del pensamiento (nazifascismo). Krishnamurti cae en el anticlericalismo y la indigencia de principios (en curiosa combinación con una adoración en vida a este aparente despreciador de toda adoración). Pero la posición clásica de la Tradición metafísica es bien diferente: acepción de las organizaciones mediadoras (iglesias) subordinadas a la obtención de la comprensión metafísica. La gran mayoría de los seres humanos está tan caída que no tiene otra posibilidad de iniciación que la entrada en organizaciones que operan por simbolismo y analogía; con imágenes significativas, que eso son los símbolos. Retirar a los hombres esta posibilidad es precipitarlos en el caos. Por otro lado, la tendencia de las iglesias institucionales al fanatismo y la autoperpetuación indebida es un hecho bien conocido, ante el cual se levanta el espíritu profético, que proclama que el Espíritu "sopla por donde quiere". Así, todo iniciado que ha comprendido es libre de abandonar la iglesia o cadena iniciática donde ha tenido que trabajar hasta comprender que, más allá del símbolo espiritual, hay una realidad espiritual perceptible directamente.
    Ninguna sociedad tiene derecho a cerrarle la boca y el sentido crítico al individuo. Por otro lado, la pretensión contemporánea de que el individuo humano está en general maduro y es libre para tomar las mejores decisiones choca con la más elemental de las constataciones: que, sin Dios, el hombre se convierte en esclavo de su propia finitud. La tarea esotérica es formar a un individuo libre del rebaño humano y que, sin embargo, ama al prójimo como a sí mismo. Esto implica que se ama previamente a sí mismo (las fuentes secas no dan agua), y se ama a sí mismo porque ha comprendido previamente su debilidad radical previa, su necesidad imperiosa de reintegrarse con el Padre, con el principio absoluto y pleno del que procede. Así reintegrado, se amará a sí mismo y, por tanto, a los demás, sin por ello aplaudir la superpoblación y demás majaderías sociales del rebaño lelo.
    Capitalismo, marxismo, socialismo, democracia y fascismo son diversas expresiones (muy relacionadas siempre entre sí) de la decadencia moderna debida al olvido del principio primero; son caídas cada vez más profundas en el reino de la cantidad. Pero nada de esto puede turbar al auténtico iniciado, ni hacer de él un insensible que acepta la pobreza y la pena de muerte. El Reino de Dios es un reino sin muerte, sin trabajo y sin miseria. Y está dentro de la posibilidad universal.
    Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo.

    ----- Mensaje original  -----


Estimado Alexandre Xavier:
Aunque esta no sea materia que tratar para este foro, su ha tiempo triste y desierta plaza casi invita pronunciar alguna palabra, sea cual sea.
Aprovechando el mensaje en el que te defines como comunista libertario metafísico, no demócrata pero sí liberal...  quería hacer algún comentario y una pregunta final.
Dices que Galicia es España a efectos Estatales, o sea meramente administrativos, que no nacionales... lo que me inquieta de esto es que un metafísico como tú sea tan quiquilloso con cosas de la Administración, y sobre todo que sea crea todo eso de las nacionalidades que suena tan romanticamente alemán.
Fíjate que yo creo hasta que Portugal es España, y justamente por su no "efectos Estatales", o sea administrativos; en realidad habría que decir una de las Españas...
También dices textualmente: "René Guénon proclama que la disidencia de la tradición histórica es un atentado gravísimo contra el cumplimiento del ser; que, por tanto, la sociedad está justificada en dar muerte al disidente; o en encarcelarlo, o en silenciarlo violentamente."
Sin embargo yo por más que lo busco, no consigo saber a qué te refieres cuando hablas de la "disidencia de la tradición histórica" en la obra de R. Guénon. Teniendo en cuenta que Guénon hace uso sí, del concepto de tradición, aunque teniendo el cuidado de no vincularlo a ninguna interpretación o corriente sociológica o filosófica como hace el tradicionalismo, ya sea desde el historicismo, el vitalismo, el intuicionismo, o incluso el psicologismo de un William James. O por decirlo en palabras de Elemire Zolla, que sigue a Guénon en esto: "La tradición por excelencia, a la que conviene por exactitud, y no por retórica, la mayúscula, es la transmisión del objeto óptimo y máximo, el conocimiento del ser perfectísimo. [...] La Tradición es la transmisión de la idea del ser en su perfección máxima, por tanto, de una jerarquía entre los seres relativos e históricos fundada en su grado de distancia de aquel punto o unidad. Dicha jerarquía se transmite a veces no de hombre a hombre, sino desde lo alto; es una TEOFANIA, que se concreta en una serie de medios: sacramentos, símbolos, ritos, definiciones discursivas cuyo fin es desarrollar en el hombre aquella parte o facultad o potencia o vocación, como quiera decirse, que pone en contacto con el máximo del ser que se le permite, situando en la cúspide de su constitución corporal o psíquica el espíritu o intuición intelectual" p. 118 'Qué es la Tradición' Ediciones Paidós.
 
Por ello, nada más extraño a Guénon que una "Tradición histórica" en sí, o sea una tradición relativa y sujeta al devenir de las formas, o más propiamente una tradición histórico-sociológica que pueda ser explicada según un proceso orgánico, acumulativo del devenir y selectivo en cuanto a una moral dada, como puedan hacer filósofos tradicionalistas católicos tales como un Vázquez de Mella, o más recientemente un Rafael Gambra.
Ah por cierto, el tradicionalismo en las Españas se ha llamado, tradicionalmente... históricamente, Carlismo, pero no el experimento socialista-autogestionario-federal capitaneado en las décadas de los 60 y 70 por don Carlos Hugo de Borbón y Parma, sino el otro.
En esto sí podría ver yo cierta correspondecia entre el panorama político de Occidente en los últimos dos siglos y Guénon, es decir con este tradicionalismo del legitimismo carlista, pero desde luego no con el fascismo. Legitimismo que en Francia podríamos encontrar en los herederos de los martires de La Vandée, o en cierto modo en los partidarios de la Acción Francesa  de Maurras, hasta que, como dice Guénon, fueron censurados por la Iglesia Católica; a un auténtico fascista le hubiera importado un pimiento el juicio de la autoridad espiritual. Y recuerda que el fascismo es heredero, como otras corrientes ideológicas contemporáneas, del derrumbe del Antiguo Régimen; si bien habría que advertir que el Antiguo Régimen como tal, tampoco era un régimen político tradicional a ojos de Guénon. Por ellohay que aclarar que esta correspondencia que decía, que no identidad, es en función de ciertos puntos muy concretos como podría ser por ejemplo la defensa que hace el carlismo del principio de subsidiariedad, la participación política del gremio, las cortes orgánicas y el régimen foral, con aquel ataque que hace Guénon hacia la creación de las nacionalidades, el centralismo de Estado, la desaparición de la artesanía, la industrialización, y la destrucción del sistema feudal.
En resumen te quería pedir que me citases algún pasaje de la obra de Guénon en la cual se exprese eso que tú le interpretas.
Atentamente.
Javier
 
pracrito wrote:
    Hola a todos.    Algunos me habéis preguntado sobre la concepción política de Nietzsche.    Nietzsche trata ampliamente el asunto, pero de forma muy ambigua y con frecuencia contradictoria.    En general, el proyecto político del filósofo alemán (que lo tiene, y muy claro) oscila entre un radicalismo aristocrático emancipador de la ceguera rebañega (representada para él por las Iglesias institucionales, los estados y el igualitarismo democrático que todo lo aplana al nivel más bajo) y la sumisión a los viejos instintos del animal primate (que incluyen el expansionismo y la crueldad sin cuestionamiento ético ni distancia frente al rebaño).    Os presento un libro que está entre los pocos en señalar claramente esta contradicción y en presentar sintéticamente el aspecto polìtico de la filosofía nicheana.    El libro se titula "A aristocracia imposíbel. O discurso político de Nietzsche", escrito en gallego por Francisco Sampedro, editorial Edicións Laiovento, año 2001, en Santiago de Compostela, Galicia (y España, a efectos estatales, que no nacionales).    El autor es un marxista declarado, cosa que lo lleva a las conocidas contradicciones de esta "iglesia laica" que es el marxismo, aunque procura salirse de su estrechez apelando a autores marxistas de espíritu amplio, como György Lukács, Toni Negri, Ernst Bloch, Wilhelm Reich, Henri Lefebvre, etcétera. Reivindica finalmente a un Nietzsche "políticamente progresista", apoyándose en sus facetas críticas y libertarias, que las tiene y muy sólidas.    Dos puntos destacaría yo en el libro. En primer lugar la pregunta del millón: ¿por qué Marx y Nietzsche apenas se citan mutuamente? Como dice Francisco Sampedro en la página 41 de su libro:    "Ao fío disto, ¿alguén reparou en que Nietzsche non nomea nin unha soa vez a Marx nin a Engels, el, que estaba tan fondamente preocupado polo ascenso do movemento obreiro en Alemania, e que non escatima invectivas contra o socialismo, que coñeceu a Dühring e a outros célebres portavoces da esquerda? Lefebvre di que é absurdo escribir Nietzsche contra Marx, facendo alusión ao subtítulo do libro Socialisme fasciste de Drieu La Rochelle. Efectivamente é absurdo, pero máis que pola razón aducida por Lefebvre (que as ideas nietzscheanas se poden integrar naturalmente na concepción marxista do home, cuestión na que non imos entrar, e que, en todo caso, compartiríamos se puidesemos cambiar ese "naturalmente" por "artificialmente"), polo mesmo descoñecemento de Nietzsche sobre Marx.  Ou ignorouno, ou non se atreveu con el, nin con Engels. Certamente Nietzsche coñeceu o socialismo a través dos utopistas, ou dos socialistas sentimentais da súa época, os da xustiza e a piedade; pero diso non se pode tirar que non atacase igual de fortemente ao socialismo "científico".  Resulta altamente improbábel que Nietzsche non tivese noticia da obra de Marx, que non soubese nada da súa existencia; resulta igualmente moi difícil que, de coñecela, Nietzsche puidese utilizar as súas armas contra ela.".    Pienso que el texto se entiende fácilmente desde el castellano, sin más que cambiar "tirar" por "concluir"; si hay más dificultades en comprenderlo, ya me lo diréis.    En cuanto a la respuesta a esta pregunta, en el fondo es fácil: Nietzsche y Marx, naturalmente, sí que se conocían mutuamente. Ávidos lectores y observadores de su realidad, contiguos y contemporáneos, el hecho está fuera de duda, y además existe una amplísima coincidencia en la obra de ambos. Lo que tenemos en realidad es una vieja miseria que por razones evidentes ni ambos ni sus seguidores han querido aclarar: que se "robaban" mutuamente la "clientela", que competían por gente que los adulase y eventualmente los financiase. Temas como el origen religioso de la fantasía moralizante y encubridora del despotismo estatal, el desenmascaramiento de las convenciones morales como producto de los condicionamientos biológicos e históricos, etcétera, muestran lo mucho que cada uno tomó del otro. Pero reconocerlo hubiera sido reconocer que ninguno de ellos era tan original como pretendía venderse. Nada nuevo bajo el sol, como vemos en España con esos pocos filósofos que chupan cámara de televisión y que no se citan unos a otros, como si no estuviesen hartos de verse. "No quiero que se vendan tus libros, quiero que se vendan los míos"; he ahí la miserable pero auténtica clave del aparente "olvido".    Otro punto, ya al margen de la chunga historieta anterior: ¿puede Nietzsche incorporarse al comunismo y al pensamiento progresista? Sí en mi opinión, pero matizando.    Personajes claramente reaccionarios como Malthus y Konrad Lorenz son perfectamente aprovechables por la simple operación de desvincular al autor de su obra. Los descubrimientos científicos del demógrafo Malthus y del etólogo Konrad Lorenz no dependen de sus ideologías fatalistas en favor de los bien instalados socialmente. Las leyes científicas impersonales que ambos han descubierto son lo que cuenta. De modo similar, en Marx, Nietzsche o Zamenhof podemos desvincular sus descubrimientos sociológicos, sicológicos o lingüísticos de sus manías personales y de los estólidos movimientos sectarios que fabricaron (especialmente Marx y Zamenhof; Nietzsche fue más limpio en este punto).    Lo que plantea correctamente Nietzsche en materia política es esto: hay que obrar en favor del pueblo, pero frecuentemente llevando la contraria al pueblo, porque su conciencia está deformada. El Caribdis de la acción política es el populismo demagógico, típico de Marx o de la democracia parlamentaria. El Escila es el elitismo insensible socialmente, típico de Julián Marías o de ese catolicismo que veta los preservativos ante el problemón de las enfermedades venéreas.    La acción política correcta implica unos principios morales objetivos, que a su vez descansan en una realidad metafísica objetiva. Históricamente, muchos autoritarismos se han apoyado en una falsa objetividad de la moral y de la metafísica. De hecho, el ideólogo fundamental del fascismo no es Adolfo Hitler, no es Pierre Drieu La Rochelle, no es Ezra Pound, no es Martín Heidegger. Estos y otros pilares del pensamiento nazifascista hay que tenerlos en cuenta, pero el filósofo básico del fascismo es el metafísico René Guénon. Contemporáneo del nazifascismo histórico europeo, René Guénon no mantiene ningún vínculo orgánico con él, cosa que lo salva de la caza de brujas desencadenada por la Resistencia francesa tras la derrota del nazismo (caza de brujas que llevó a alguna ejecución de estos intelectuales nazis franceses, pero en general simplemente al ostracismo). Ahora bien, su pensamiento fundamenta el fascismo, hasta tal punto que es el único fundamento propiamente filosófico y metafísico del fascismo. René Guénon proclama que la disidencia de la tradición histórica es un atentado gravísimo contra el cumplimiento del ser; que, por tanto, la sociedad está justificada en dar muerte al disidente; o en encarcelarlo, o en silenciarlo violentamente. Nadie, que yo sepa, se ha atrevido a hacer una proclamación tan pura y clara del principio fascista fundamental como la ha hecho René Guénon.    O sea que depuremos las cosas. La depuración fundamental no es tarea abstrusa, de todos modos, porque la verdad no necesita defensores, siempre flota. Cualquier intento de apoyarse en el orden moral objetivo (que existe, sí) y en la realidad metafísica absoluta (que es firme y no desaparece por mucho desconocimiento que de ella haya) para imponer censura, militarismo y ejércitos de pobres (en todos los sentidos) chocará con el hecho básico de que la discusión clara y a fondo de los principios metafísicos no lleva al error, sino a la verdad; o sea, que quien censura las ideas, corrompe el conocimiento metafísico.    Todo esto puede parecer muy abstruso y hasta inaplicable, pero un ejemplo nos aclarará rápidamente su aplicabilidad (y su gran dificultad práctica).    En la pequeña localidad gallega llamada Toques, un alcalde perteneciente al partido político derechista llamado Partido Popular fue acusado y condenado por presuntamente haber abusado sexualmente de una chica menor de edad (e hija de un amigo). La condena, que todavía puede ser recurrida y anulada, no implica (ni siquiera aunque sea definitiva) el cese del alcalde. Pero la gran hostilidad social hacia este tipo de actos movió a los propios militantes del Partido Popular (temerosos de perder votos) a exigir al alcalde su dimisión. El alcalde se negó a dimitir, alegando que era inocente y que seguiría recurriendo judicialmente. Entonces, el Partido Popular lo expulsó, como a los concejales del mismo partido en Toques, ya que siguieron apoyando a su alcalde. Probablemente este alcalde seguirá en su puesto hasta el fin de su mandato o dimitirá por la presión social continua declarándose inocente al mismo tiempo; las otras hipótesis (destitución por moción de censura, dimisión o destitución tras una condena por agresiones a la prensa, dimisión tras confesión de culpabilidad por abusos sexuales, etcétera) son improbables.    Bueno, yo, que soy comunista (pero no marxista), en teoría debo condenar y condeno los abusos sexuales a menores (y a mayores). Si ahora yo me sumase al corro democrático (no soy demócrata; sí liberal) exigiría con las feministas, con la oposición política gallega y española a este partido político derechista, etcétera, etcétera, el "cese fulminante de este alcalde que abusó sexualmente de una menor".    Pues no.    El carácter poco angelical del alcalde bajo sospecha de abusos sexuales está fuera de duda, incluyendo su expulsión violenta de los periodistas que cubrían el polémico pleno municipal en que se negó a dimitir. Pero no se trata aquí de juzgar si moral y políticamente es una bellísima persona (no lo es). Se trata de si hay que pedir la dimisión de alguien acusado o condenado por hechos que niega haber cometido, y se trata de si hay que aceptar la decisión del tribunal que ha condenado a este alcalde en primera instancia.    Y la respuesta en ambos casos, desde el comunismo libertario y metafísico, es que no.    La culpabilidad jurídica de un político, incluso por hechos monstruosos y plenamente probados, es distinta de su responsabilidad política. Son los electores, y solamente ellos, los que tienen derecho a reelegir (o no) a un político en tal caso. En este sentido, los libertarios nos oponemos frontalmente a que las condenas penales lleven acarreada la prohibición de presentarse a cargos políticos de cobertura electoral democrática. Entre otras cosas, porque eso impediría a un político condenado por una ley que considera injusta (y cuya derogación propone) presentarse a elecciones para intentar la derogación de la ley. Que puede ser injusta, y que a menudo lo es, porque las leyes infames son frecuentes en la democracia parlamentaria. En ningún caso se puede aceptar que las leyes eliminen la libertad política, o sea que el político condenado tiene derecho a presentarse aunque sea desde la cárcel.    En cuanto a la culpabilidad penal de este alcalde, ocurre que no está probada. Por todo lo que sabemos, se trata de la palabra de la chica contra la del alcalde. Y no es el alcalde quien tiene que demostrar su inocencia, sino la chica quien tiene que demostrar (si puede) la culpabilidad del alcalde. Aunque el alcalde haya cometido los hechos (cosa que no sé) si la chica no aporta pruebas de su versión, hay que absolver al alcalde. Y si es condenado, los jueces que lo condenen cometen delito de prevaricación, perseguible ante los tribunales.    Por otro lado, el alcalde está en su pleno derecho de argumentar que la interpretación popular de quien dimite en tales circunstancias es que dimite porque es culpable, y que no tiene por qué alimentar esa interpretación; que tiene derecho a argumentar socialmente su inocencia (argumentación que indudablemente será tenida en cuenta por el tribunal de apelación) precisamente al no dimitir, porque también es muy fuerte la interpretación popular de que, si no dimite, es porque no ha cometido los hechos.    No olvidemos tampoco una posibilidad hoy ocultada por la avidez del rebaño linchador: que el tal alcalde sea, efectivamente, inocente.    Nietzsche despreciaba suficientemente al rebaño como para no seguirlo en su vileza. Yo también lo desprecio bastante como para no sumarme hoy al coro de los que desprecian, en el municipio de Toques, los principios de presunción de inocencia y carga de la prueba.   Los libertarios estamos con el pueblo, pero no somos populistas.    Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo.
 


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